martes, enero 03, 2012

Hallazgo

Hurgando en un disco duro externo que alberga los archivos de una computadora que tuve de 2004 hasta 2008, encontré las páginas de un diario que escribí entre 2004 y 2005 y me dí cuenta de lo absurdas que eran mis preocupaciones pasadas, y pensé seguramente en lo tontas que son mis preocupaciones actuales. Lo que más me llamó la atención fue la cortavisión que te da la juventud y el entorno inmediato, que creía estar atrapado en el infierno cuando en realidad vivía momentos gloriosos que ahora recuerdo con amor. Me sorprendió encontrar tantos detalles de eventos que ya había olvidado, nombres de personas que definitivamente creía haber desechado para siempre de la memoria, minucias minutas minúsculas deliciosas de mi historia personal, tanta riqueza que lamento no haber escrito más. Un valiosísimo descubrimiento es que el presente es más interesante de lo que pensamos, las dificultades un necesario aderezo. Hay que arrancarle el máximo provecho a lo que está aquí, ahora; algún día lo recordaremos con nostalgia.

domingo, enero 01, 2012

Año Nuevo

Quise publicar algo de Año Nuevo aunque fuera cualquier chorrada, con tal de que apareciera el 01.01.12 en mi blog :D Así que aquí está:

Continuaré con los mismos propósitos del año pasado porque nomás los completé a medias (son, tengo que decir, proyectos a largo plazo :P). Por otro lado, como dice la Tesoro, "no creo en las dietas misrreinas", además de que no las necesito: por fortuna ya pasó la etapa de tragadera y bebedera (que en este país inicia el 6 de diciembre con San Nicolás y termina en San Silvestre, los Reyes Magos pobrecitos no conocen las glorias de una buena rosca de reyes), así que volvemos a la comida normal de siempre.

Vaya estrés que causan las fiestas: viajes, compras, fiestas con colegas, con amigos, alcoholes, más alcoholes, prepara aquí, prepara allá. El inicio de un nuevo año hay que verlo como una especie de desintoxicación. Por eso sí que creo en las limpiezas generales de Año Nuevo, tanto del cuerpo y del alma como del entorno, que son mi especialidad, aunque requieren varios días y etapas (va por ropa, calzado, abrigos, cuartos, cocinas, etc). Hoy empecé con el lavado masivo de textiles y mañana continuaré con el resto (lo sé, lo sé, ¡soy una señora!). Quiero unos zapatos nuevos, un par de suéteres nuevos (que para el frío --aunque este año no ha hecho realmente-- todavía le resta al menos hasta mediados de marzo). Respecto a la limpieza del alma, ay pues esa sí que no sé cómo se limpia, pero intentaré al menos contaminando mi cabeza menos de pesimismo.

Respecto a otros propósitos: sí que espero resucitar mis conocimientos de francés (hablando de desempolvadera), y sobre todo que quiero ahora sí ir con mi bici al parque nacional del Eifel, que está en esta provincia. Es el colmo que conozca tantos parques nacionales alemanes, excepto el que está precisamente a la vuelta de la esquina, a escasa hora de camino.

No puedo prometer que seré menos mamón y menos bitch, dejaría de ser yo, mis reinas adoradas. Pero sí que los seguiré estimando y queriendo como se merecen.

En fin. Los amo a todos y les deseo lo mejor.

Besos de
Herr Boigen
Königsberger Productions

miércoles, diciembre 28, 2011

Sobreviviendo a la Navidad

Qué podría haber peor que tener que cruzar la Navidad atado a obligaciones y convenciones que, aceptémoslo, no le gustan a nadie más que a los monitos sonrientes de la publicidad de tiendas departamentales. Qué horror ser adolescente o niño y ser literalmente arrastrado bajo amenazas a visitas con las que hay que cumplir porque son un compromiso de tus padres, a parentescos que hay que sufrir tras reconocer las desviaciones genéticas del árbol familiar, por ejemplo tíos de noveno grado con aliento alcohólico a los que sus hijas bizarras y llenas de lunares velludos tienen que despertar de su neblina alcohólica aclarándoles que el sujeto que los saluda "ES EL MÁS CHIQUIIIITO DE TU SOBRINOOOOO (inserte aquí cualquier nombre en un diminituvo ridículo)". ¿Les parece conocida dicha escena? Seguro que sí, así como seguramente les sonarán familiares las cargas largas ante las que no te queda otra opción más que sonreír o llorar o escupir, los malos (re)sentimientos que brotan tras siglos y demás histerias como niños cagantes arrojando su regalo por la ventana porque no era el último juego Wii de 30o dólares que querían.

Navidad no tiene qué ser un tormento. Para mí dejó de serlo desde el momento en que unirme a mi familia (cercana o extendida) en dichas fechas se convirtió en una opción, y no en una obligación. Llega la edad en la que uno tiene el poder suficiente como para decir ahí-se-ven-putos, o simplemente tomar un avión y unirse al lío por mero deporte y amor a tragar, embriagarse y hacer bromas pesadas con miembros de tu familia a los que quieres auténticamente y a los que tienes ganas de ver y con los que tienes ganas de estar. Qué bonita es la libre elección de juntarte con quien realmente quieres pasar el rato (ya sea por cariño, por amistad, por solidaridad moral) y no por obligación (?) con gente loca y cristiana que solo discute entre sí y lo único que hará es señalar el pasaje bíblico correspondiente y luego servirte la cena tras haberse metido los dedos por la nariz. No me explico realmente por qué estas fechas sacan a veces lo peor de la gente; no es que nos odiemos, es que quizás no deberíamos obligarnos a reunirnos si sabemos que nada bueno saldrá de ello.

Muchos me han preguntado que qué se siente pasar la Navidad tan lejos de casa: para empezar, pasan desaparecibidos los adornitos, los regalitos, y los muchos -itos que se les puedan ocurrir. Acá en las universidades se suele trabajar hasta el merísimo día 23, y el semestre todavía no está concluido así que en enero habrá una continuación y no un restart. Este año lo pasé en Berlín en compañía de dos personas queridas por mí, todos nosotros imposibilitados por diversas razones de irnos demasiado lejos. Hicimos juntos las compras, prepararon (ellos, yo no) la comida, levitábamos en respectivas habitaciones poniendo música o videos, nos echábamos a huevonear leyendo o chateando, volvíamos a estar juntos para comer, para beber y charlar, intercambiamos algunos regalitos. Transcurrimos juntos los pesados y largos días mortíferos del 25 y 26 de diciembre donde prácticamente todo está cerrado y paralizado. Aprovechamos para ver viejos amigos. Dimos largas caminatas en las calles vacías de la ciudad. Y finalmente terminó todo. Ahora, hasta el próximo diciembre, para el cual por fortuna falta mucho.

Cosas buenas que tiene la Navidad en esta república de la virtud y el orden (y con las que me tengo que consolar ante la ausencia de las de aquel otro país de donde vengo)

glühwein (el famoso vino caliente)
lebkuchen (que son como unas galletas redondas con jengibre y clavo)
plätzchen (las galletitas que te invitará a hornear alguna amiga cursilienta que todavía no se acuerda de que ya le llegó la menstruación hace como 10 años)
pierna de ganso con col roja (¡un favorito personal!)
Christstollen (que es una especie de fruit-cake y a veces tiene la gracia de estar relleno con mazapán ^^)

Dentro de todo, espero la hayan pasado muy bien.

p.s. Sé que mis vibraciones ácidas a lo mejor les calarán a algunos de mis parientes si las leen. Tendrán razón si piensan que soy un cabrón y un loco. Sé que la distancia te hace apreciar más a las personas. Sé también que quizás algún día lamente no haber estado más cerca, el día que empecemos a morir, envejecer, enfermarnos. A mis tíos, primos y demás con los que he tenido diferencias les digo: los quiero, a pesar de todo. Si algo malo les pasara me dolería. Siempre desearé para ustedes lo mejor, aunque no siempre nos entendamos.

domingo, diciembre 25, 2011

Feliz Navidad



Al viejo estilo de Cocteau Twins

lunes, diciembre 19, 2011

El que a hierro mata



Definitivamente la Tesoro había vaticinado desde hace siglos la guerra contra el narco!!

domingo, diciembre 18, 2011

Más de lo que puedes leer

Tengo que ser realista: entre las ocupaciones fijas, el entretenimiento con los amigos, las obligaciones de la casa, ya no puedo dedicarme a leer tanto como solía hacerlo en mis épocas de estudiante universitario en las que solía aventarme varios libros por semana. Tengo muchos intereses, no solo la literatura (que es no solo mi hobbie, sino mi profesión). Sin embargo me siguen encantando mis libros, los amo, y mi colección es voluptuosa, tanto allá como acá. Como todo mundo, tengo libros que nunca he leído completos, otros que he leído varias y repetidas veces, otros tanto que hojeo al azar (como los de fotografías o poesía) según mi estado de ánimo. Llegué a Alemania con 15 libros básicos, que con el tiempo se han convertido en varias decenas que ya sofocan este su congal.

En Colonia tenemos varias librerías chingonas, y el jueves antepasado visité por primera vez la que oficialmente he declarado como mi librería favorita de la ciudad: se trata de la Lengfeld'sche Buchhandlung, a escasas cuadras de la catedral y de los estudios de la WDR. La descubrí un domingo de esos que me salgo a caminar a lo baboso para quitarme el tedio de los tiempos que corren. Ví que habían dedicado a este mes (tienen escritor del mes) al exquisito Uwe Johnson, un autor de la DDR que huyó a Berlín en los años sesenta y de los primeros en señalar el drama de la división de las dos Alemanias. Su novela más significativa, para mí, es Mutmassungen über Jakob (Suposiciones sobre Jakob). Pensé que si una librería le dedicaba el mes a este sujeto, debería ser un buen lugar.


Así que volví días después: estaba su dueña, una anciana milimétrica a la vez tiranosáurica de nombre Hannelore. Lo sé porque conversaba con una amiga suya, sentada en un sofá: hablaban de su declaración de impuestos y de los avatares del servicio médico para terminar discutiendo sobre la limpieza editorial de la traducción más nueva de Crimen y castigo al alemán. Yo las escuchaba mientras veía los libreros, expresándose en un alemán nítido, precioso, elegante y cultísimo. De fondo tenían una música indescifrable, que no era jazz, ni clásico, ni nada de eso: era algo más, como una sinfonía de todas las estaciones del año, una sinfonía de cielos y tierras o de todos los siglos y de todas las luces. Hojeaba libros de poesía hasta que Hannelore se puso de pie y me preguntó si buscaba algo en especial, y le pedí algo de Oskar Pastior. Buscó sin hallarlo y dijo "En realidad, siempre hay algo de él por aquí... pero ahora no tengo nada." Me encantó que no me molestara con un "¿Quiere ordenar una copia?", demostrándome que la cuestión mercadotécnica quedaba en segundo lugar.

La poesía completa del reciente Nobel, Tomas Tranströmer, traducida al alemán

Por todas partes había retratos de autores, sobre todo alemanes, Kafka por aquí, Herta Müller por allá, y otras tantas caras que no reconocía. Me daba la impresión de que la mujer los conocía o había conocido personalmente a todos. Al fondo de la tienda, había un pequeño estudio con micrófonos y asuntos varios: supe entonces que ahí se habían hecho grabaciones de audiolibros y de autores que habían recitado la propia obra. Supe que se habían grabado ahí también todos los tomos de En busca del tiempo perdido. No tuve más palabras.

domingo, diciembre 11, 2011

De cómo salí del hoyo un domingo

En una época tuve un blog que actualizaba tan frecuentemente, como muchos de ustedes sabrán, quizás movido por la idea de que tenía mucho qué decir o mucho qué fantasear. Ahora no estoy seguro de tener tanto qué decir (aunque fantasías locas tengo a diario y por minuto), y tengo la terrible sensación de que se están secando adentro de mí tantas cosas sin siquiera llegar a cobrar vida. ¿Será el puto invierno --el frío me vale madre, lo que me pudre es la oscuridad--?, ¿será simplemente que es domingo?, ¿será que estoy cada día más fastidiado de la rutina y necesito vacaciones?, ¿será que me hace falta el para mí esencial elemento y esencia de mi vida es decir, mis amigos, desde que me he mudado a Colonia (aquí es donde a veces me arrepiento de haberme mudado)?

Me siento demasiado atrapado en la vida académica a un grado insoportable. No puedo tomar un libro y leerlo en calma y no pensar, oh, esto podría dárselo a los putos alumnos para X o Y cosa o bien si me servirá o no para mi asquerosa tesis; no puedo escribir algo en mi propio idioma sin pensar, ¿y esto cómo lo traducirías?; no puedo hacer nada: me siento metido en un pinche frasco de cristal donde hace un chingo de frío y donde lo único que me marca es todo lo que concierne a la universitario.

¿A lo mejor estoy exigiendo demasiado?, ¿debería dejar de tener tan altas expectativas de mí mismo y simplemente vivir y ya está, sin esperar a que llegue un UFO y me secuestre a la chingada?

Tenía cerca de 10 días de no ir al gimnasio, por exceso de trabajo y también exceso de hueva y eventos propios de la época navideña. Esta tarde por fin me amarré los huevos y una vez ahí, miraba por la ventada de los vestidores de semejante putisitio: era un panorama bizarro, como todos los de estas espantosas ciudades de posguerra; los techos de las casas del centro, todas ellas horrendísimas y echas en serie, apestosos monstruos de hormigón que son el 80% de las edificaciones de prácticamente todo el país y sobre todo de esta región, a la que los Aliados se encargaron de volver a la edad de piedra en cuestión de meses allá en los prehistóricos años cuarenta.

En eso estaba, repasando el paisaje, cuando noté que entre el caserío tan sinembargo se asomaban los techos de una iglesia románica, y sus torres cuadrangulares. Con sus formas antiguas sentía que me hacía ojitos, sus gestos remotos de pasado le daban una nota de belleza al paisaje. Se trataba de la iglesia cristiana más antigua de Colonia, del siglo X, San Gereón o Sankt Gereon, dedicada a uno de los santos patronos de Colonia. Sus torres eran perfectas, color café, muy bien restauradas sobresalían del gris hormigón.

Me parecían hermosísimas y no dejaba de mirarlas mientras me vestía para salir al exterior nuevamente. En esos momentos, comenzaba a anochecer, y mis últimos instantes de contemplación coincidieron casualmente con los últimos minutos de luz.

Me sentí mejor, mucho mejor, tanto que cuando llegué a casa, me volvió el apetito y me dispuse a hacer la comida / cena en mi ritual dantesco, con algo de música, la ventana abierta para darle la bienvenida al frío, un vasito de vino blanco. Salé los trozos de gulasch de res (algo así como carne picada, para que se imaginen cómo se ve en las carnicerías de la Conasupo alemana misrreinasadoradas), trocé la cebolla en pequeñísimas partes, así como 250 gramos de enormes, blancos champiñones recién lavados para quitarles su consistencia terrosa y todo recuerdo a su polvosa filiación gusanal. En algo de margarina vegetal cocí la carne, el aroma era exquisito, y luego que estuvo cocida, retiré la carne hacia otro recipiente y en el jugo que restaba rehogué champiñones y cebolla. Mi nariz estaba inquietísima por lo que mi lengua deseaba, y luego de un rato eché 1/8 de vino blanco de la región colindante con el Rhin de la provincia de Hesse (suena muy acá nice, pero créanme que no, papacitos, costó solamente 1,80 la botella en el supermercado de descuento). El alcoholito mezclado con aquello creó un perfume voraz en el aire que amenazaba con provocarme una alucinación inmediata. Finalmente puse crema ácida para darle consistencia, y añadí los trozos de carne previamente cocinados y se hizo la gloria. Paralelamente, cocí spätzle (un tipo de pasta típica del sur) y les dí un toque de mantequilla cuando terminé. Por otro lado, la ensalada verde y fresca esperaba en un tazón, y me sentí un pequeño fauno recién escapado de la muerte mientras comía despacio y disfruté aquella cosa deliciosa con tanta gloria y autosatisfacción de saber que había salido de mis manos antes incapaces de cocinar nada. Aquello hubiera sido perfecto de tener compañía, pero bueno, no todo puede ser perfecto.